Hay un momento en el que el estrés deja de sentirse como “tengo mucho que hacer” y empieza a formar parte de cómo funciona tu día.

Te levantas cansado, pero ya estás pensando en lo que tienes pendiente. Te cuesta desconectar al llegar a casa. Duermes, pero no terminas de descansar. Estás más tenso, tienes menos paciencia y concentrarte en una tarea sencilla puede requerirte un esfuerzo enorme.

No significa necesariamente que exista un problema médico concreto. Pero sí puede ser una señal de que tu organismo lleva demasiado tiempo funcionando bajo presión.

El estrés es una respuesta normal del cerebro y del cuerpo ante una exigencia. El problema aparece cuando esa activación se mantiene durante semanas o meses y apenas existen momentos suficientes de recuperación.

El cuerpo está preparado para activarse… y también para recuperarse

Cuando percibimos una amenaza o una situación exigente, el organismo aumenta su estado de alerta. Se liberan hormonas relacionadas con la respuesta al estrés, aumenta la frecuencia cardiaca, los músculos se preparan para actuar y la atención se orienta hacia aquello que requiere una respuesta inmediata.

En una situación puntual, esta respuesta es útil.

Una reunión importante, un examen, una competición o un problema inesperado pueden generar activación durante un periodo limitado. Después, cuando la situación termina, el organismo debería tener la oportunidad de volver progresivamente a un estado de menor activación.

El problema no es estar activado.

El problema es no recuperar.

Cuando las exigencias se acumulan y la sensación de amenaza o presión permanece, el cuerpo puede mantenerse en un estado de alerta durante demasiado tiempo. Es entonces cuando empiezan a aparecer señales que muchas personas terminan normalizando.

Estrés crónico

¿Qué síntomas puede producir el estrés prolongado?

No existe una lista de síntomas que permita saber por sí sola si una persona tiene estrés crónico. Cada organismo responde de una manera diferente.

Aun así, hay determinadas señales que pueden aparecer cuando la activación se mantiene durante demasiado tiempo.

1. Tensión muscular y dolores

Cuando estamos bajo estrés, los músculos tienden a aumentar su tensión. A corto plazo es una respuesta protectora; mantenida en el tiempo puede contribuir a molestias en cuello, hombros, espalda o mandíbula y a dolores de cabeza.

A veces la persona ni siquiera se da cuenta de que permanece físicamente tensa hasta que empieza a descansar.

2. El sueño empieza a cambiar

Uno de los círculos más frecuentes es el de estrés → peor descanso → menor capacidad de recuperación → más estrés.

Puede costar más conciliar el sueño, producirse despertares nocturnos o aparecer una sensación de no haber descansado suficientemente aunque se hayan pasado varias horas en la cama. Los problemas de sueño están entre las manifestaciones descritas del estrés prolongado.

Estrés crónico

3. La concentración se resiente

Cuando gran parte de los recursos mentales están destinados a responder a preocupaciones, exigencias y estímulos constantes, puede resultar más difícil mantener el foco.

Aparecen pequeños olvidos, dificultad para terminar tareas, sensación de tener demasiadas cosas abiertas a la vez o necesidad de hacer un esfuerzo mayor para concentrarse. El estrés también puede acompañarse de falta de energía y problemas de memoria o concentración.

No significa que esos síntomas sean necesariamente consecuencia del estrés. Pueden existir muchas otras causas y, si son persistentes o interfieren significativamente en la vida diaria, conviene valorar la situación con un profesional.

4. El sistema digestivo también puede notarlo

El cerebro y el aparato digestivo mantienen una comunicación constante. Por eso, el estrés puede acompañarse de molestias gastrointestinales, cambios en el apetito, diarrea, estreñimiento o sensación de malestar digestivo.

Estrés crónico

¿Qué ocurre con el sistema nervioso cuando la presión se mantiene?

Una forma sencilla de entenderlo es pensar en el sistema nervioso como un sistema que necesita alternar entre activación y recuperación.

No necesitamos estar completamente relajados durante todo el día. Necesitamos poder activarnos cuando una situación lo requiere y, después, ser capaces de reducir esa activación.

Cuando las exigencias se prolongan, esa transición puede hacerse más difícil.

Puedes encontrarte trabajando con mucha intensidad durante horas, llegar a casa agotado y descubrir que tu cabeza sigue funcionando al mismo ritmo. O dormir y levantarte con la sensación de que el cuerpo nunca terminó de desconectar.

Esto es especialmente relevante en personas que viven con presión laboral constante, responsabilidades familiares, problemas mantenidos en el tiempo o una combinación de varios factores.

El estrés crónico no significa simplemente “tener mucho estrés”. Se refiere a una exposición prolongada en la que el organismo permanece sometido a demandas durante un periodo considerable.

Estrés crónico

¿El cortisol es el responsable de todo?

No exactamente.

El cortisol suele aparecer en las conversaciones sobre estrés como si fuera una sustancia que hubiera que “eliminar”. Pero el cortisol es una hormona necesaria para el funcionamiento normal del organismo y participa en procesos como la regulación del metabolismo y la respuesta ante las demandas.

El problema no es tener cortisol.

Lo importante es entender cómo responde el organismo ante una situación de estrés y cómo consigue recuperar el equilibrio después.

Por eso conviene desconfiar de explicaciones demasiado simples del tipo “tienes el cortisol alto y por eso te pasa todo”. Los síntomas relacionados con el estrés pueden tener múltiples causas y no pueden atribuirse únicamente a una hormona sin una valoración adecuada.

¿Se puede entrenar la capacidad de regulación?

Cuando el problema está relacionado con una dificultad persistente para pasar de estados de activación a estados de mayor calma, existen diferentes estrategias que pueden ayudar, dependiendo de la situación de cada persona.

Entre ellas están los cambios en hábitos de sueño, actividad física, técnicas de relajación, intervención psicológica y otras estrategias orientadas a mejorar la regulación del estrés.

El neurofeedback plantea otro enfoque: entrenar determinados patrones de actividad cerebral mediante un sistema de feedback en tiempo real.

En Espacio Feedback, el entrenamiento se realiza registrando la actividad cerebral mediante sensores y proporcionando información al cerebro durante la sesión. La respuesta de cada persona permite adaptar el entrenamiento a sus características y objetivos.

No se trata de “apagar el estrés” ni de garantizar que una persona deje de sentir presión.

El objetivo es favorecer una mejor capacidad de autorregulación y facilitar que el sistema nervioso pueda responder de una forma más adecuada a las demandas de cada situación.

¿Cuándo conviene prestar atención a estas señales?

No hace falta esperar a sentirse completamente desbordado.

Si llevas semanas o meses notando que duermes peor, estás constantemente tenso, te cuesta concentrarte, te sientes agotado o tienes cada vez más dificultad para desconectar, merece la pena detenerse y observar qué está ocurriendo.

Y si los síntomas son intensos, persistentes, empeoran o interfieren con tu vida cotidiana, es importante consultar con un profesional sanitario para valorar sus posibles causas.

El objetivo no debería ser simplemente aguantar más presión.

También puede ser aprender a recuperar mejor.

En Espacio Feedback, en Madrid, el proceso comienza con una valoración inicial para conocer qué quieres trabajar y adaptar el entrenamiento a tus características. Las sesiones de neurofeedback monitorizan la actividad cerebral y proporcionan feedback en tiempo real durante el entrenamiento.

Si llevas demasiado tiempo funcionando en modo exigencia y quieres entender mejor qué puede estar ocurriendo y si este tipo de entrenamiento puede encajar contigo, puedes informarte sobre el proceso y valorar tu caso con nuestro equipo.

Estrés crónico

En resumen

El estrés forma parte de la vida y puede ser útil cuando necesitamos responder ante una exigencia concreta. Lo que puede resultar problemático es permanecer durante demasiado tiempo en un estado de activación sin suficiente recuperación.

El cuerpo puede expresarlo de muchas maneras: tensión muscular, alteraciones del sueño, cansancio, problemas digestivos, irritabilidad, dificultad para concentrarse o sensación de no poder desconectar.

Reconocer esas señales no significa diagnosticar qué ocurre. Significa prestar atención antes de que se conviertan en algo que simplemente damos por normal.

Y, cuando la recuperación se ha vuelto difícil, buscar una estrategia adecuada puede ser más útil que seguir intentando funcionar a base de esfuerzo.